sábado, 27 de agosto de 2016

BERMUDILLO: MAGIA Y FANTASÍA EN UN CLÁSICO DEL CÓMIC EUROPEO

Bermudillo es un tipo simpático, bajito, casi con aspecto de gnomo, un viejo vagabundo de buen corazón... ¡y un hatillo mágico que le da todo lo que necesita! Con esta sencilla premisa, el dibujante Piet Wijn (1929-2010) y el guionista Thom Roep (1952-actualidad) crearon un personaje que correría todo tipo de aventuras fantásticas a través de un mundo maravilloso que parece surgido de los cuentos clásicos de hadas de la tradición oral europea... y de más allá. Con un dibujo que roza entre el realismo y lo caricaturesco, Bermudillo es sin duda una obra de arte del cómic holandés que no debería pasar desapercibida para ningún amante del género fantástico ni del cómic europeo, pues cada una de sus viñetas rebosa de una vida y unos detalles sin igual, situándonos en medio de paisajes bucólicos, misteriosos o claramente siniestros, para más tarde discurrir por pueblos, aldeas y castillos dignos de  cualquier mundo de espada y brujeria o alta fantasía. Con una cuidada edición de gruesos volúmenes de tapa dura, Dolmen Editorial ahora nos ofrece la oportunidad de disfrutar de la colección completa de este personaje que, en España, en la década de los años 80, sólo tuvo una pequeña edición de siete de sus álbumes, de los veintitrés que se llegaron a editar en su país. ¡Ahora es el momento de recuperar este clásico al completo!


Desde hace unos años, Dolmen Editorial se ha propuesto rescatar un gran número de cómics clásicos que, después de tantos años permanecían olvidados a pesar de su indudable calidad. De entre todos ellos, quiero destacar Bermudillo (Douwe Dabbert en su idioma original), del cual, en su país de origen, Holanda, se han llegado a editar hasta veintitrés álbumes, de los cuales, hasta ahora, en España, sólo se habían publicado siete de ellos en la década de los ochenta, lanzados por Editorial  Bruguera bajo el nombre de Bermudillo, el genio del hatillo.

Con la muerte de su dibujante Piet Wijn, Dolmen Editorial se ha propuesto recuperar la magnífica obra de este personaje al completo, conservando el nombre del personaje que le pusiera Editorial Bruguera en nuestro país, aunque quitándole el calificativo de “genio del hatillo” que pudiera llevar a engaño, ya que el personaje es totalmente humano aunque, ¡eso sí!, poseedor de un prodigioso hatillo mágico que perteneciera a su abuelo, que fue brujo, capaz de proporcionarle todo aquello que pueda necesitar alguien en un momento dado.


A través de sus primeras aventuras, Bermudillo visitará  lejanos países y tierras de cuento, desde las misteriosas tierras de Oriente, al Polo Norte, pasando por las tierras del Oeste... y las que aún está por llegar. Y será a través de este extraordinario periplo, que también conoceremos a muchos de sus compañeros de aventuras y viajes, y, ¡como no!, a singulares villanos, monstruos y otras criaturas.

FANTASÍA ATEMPORAL PARA UN CÓMIC EXTRAORDINARIO

Si a día de hoy algo puede fascinarnos del cómic de Bermudillo, es la calidad de sus dibujos, repleto de todo tipo de detalles, y la atemporalidad de sus historias, que quizás precisamente por su carácter atemporal no han perdido ni una pizca de actualidad. Sus ilustraciones son hasta tal punto detallistas, que en su país de origen han sacado incluso ediciones exclusivamente en blanco y negro para que puedan apreciarse los detalles de su dibujo en todo el esplendor.


Efectivamente, los detalles del dibujo de Piet Wijn se extienden a todos los niveles, haciendo que los paisajes, las personas, los animales, las plantas y los monstruos que en el relato aparecen sean cada uno únicos por sí mismos, casi dotándolos de vida propia, pero formando todo ello, a su vez un todo. Sus personajes, cuya caracterización roza entre lo realista y lo caricaturesco, llegan a recordar en algún momento los personajes surgidos de las ilustraciones para cuentos y leyendas de Gustave Doré o Arthur Rackham.

Los guiones de Bermudillo son sencillos, quizás porque en su tiempo fueron pensados para un público infantil, aunque, como los cuentos clásicos, son igualmente aptos para los adultos. A pesar de ser historias totalmente originales, las aventuras de Bermudillo parecen surgir y alimentarse de aquellas cuentos y leyendas maravillosos surgidos de la tradición oral popular.


Podría decirse que las aventuras de Bermudillo transcurren en un mundo muy parecido al nuestro, aunque no exactamente el mismo, ya que en algunos aspectos es totalmente distinto, al igual que sucede en los cuentos. Su trasfondo histórico parece cruzar aspectos de diferentes épocas, yendo de lo medieval a lo renacentista, para acercarnos incluso a épocas de aspecto más tardío. Estos anacronismos, lejos de no encajar, encajan perfectamente en sus relatos, donde se respira una atmósfera de cuento, y donde la magia y superstición también están muy patentes...

A pesar de ello, las aventuras de Bermudillo también tienen un sentido de lo mundano admirable, surgiendo detalles de ello en cada uno de los rincones de sus viñetas, y donde la aparición de cualquier personaje, sus pueblos o sus ciudades ya nos dicen algo de los mismos.

LOS PERSONAJES Y LA NATURALEZA EN EL MUNDO DE BERMUDILLO

Los personajes surgidos de las historias de Bermudillo son carismáticos, entrañables y, hasta cierto punto, cercanos, incluyendo sus villanos; esto es así, posiblemente, porque cada uno de ellos se acopla perfectamente a alguno de los arquetipos de típicos de los cuentos tradicionales, aunque, ¡eso sí!, añadiéndoles ciertos rasgos humanos en su carácter de los que éstos a veces carecen en los cuentos.


Uno queda sorprendido cuando observa, incluso, los personajes totalmente secundarios o de relleno que aparecen en sus historias, independientemente de que éstos sean humanos, monstruos o animales, ya que cada uno de ellos rebosa de vida propia y parece esconder una historia detrás suyo, diferenciándose de los demás, como algo único. Sus rasgos están claramente diferenciados uno de otro, lo mismo que su vestuario, sus expresiones o sus gestos.

Esta humanidad, queda incluso patente en algunos de los animales y seres fantásticos que aparecen a lo largo de las aventuras de Bermudillo, como es el caso de los animales antropomórficos que viven en el Valle de Bam, el monstruo del Lago Nebuloso, el pequeño familiar dragón de la bruja Vredulia o el inolvidable Dodo.


La extraordinaria abundancia de animales que aparecen a lo largo de las aventuras de Bermudillo, ya sea en las zonas más salvajes y apartadas –como es el caso de bosques, montañas, desiertos o, incluso, zonas árticas-, o en las zonas rurales o aldeas poblados por comunidades humanas, donde suelen aparecer animales domésticos de todo tipo –gallinas, patos, gansos, gatos, perros, cabras, cerdos, asnos...- haciendo vida entre los campesinos y ciudadanos, nos hacen entrever una época no tan lejana donde la vida del hombre estaba aún visiblemente unida a su entorno natural. La naturaleza, cobra así, un protagonismo propio en este fantástico mundo, añadiendo un buen tropel de vida a una naturaleza que ya se nos antoja exuberante en su variedad a lo largo de los vagabundeos del viejo Bermudillo.

Difícilmente nos dejarán indiferentes las aventuras y desventuras que corren Bermudillo y sus amigos a lo largo de este periplo de cuento: desde las lecciones de humildad que recibe Paulina, la princesa mimada, pasando por las desdichas que sufren los animales antropomórficos habitantes del Valle de Bam, el reino secreto de los animales, tras la llegada Ludovico de Malaespina y Canuto a sus tierras, o la búsqueda de poder e inmortalidad de la bruja Vredulia, o la tristeza y soledad que puede sentir el valiente Dodo, al ser el último miembro de su propia especie, pasando por la amistad que éste establecerá con el propio Bermudillo.

Hoy por hoy, habiendo publicado ya dos volúmenes de tapa dura (cada uno de ellos recogiendo tres álbumes de la edición original), y a punto de salir ya un tercero, el mundo del cómic español tiene de nuevo la oportunidad de enriquecerse con todo un clásico, para disfrute de grandes y pequeños.

lunes, 22 de agosto de 2016

ABRAZAR ÁRBOLES: LA TERAPIA DE LA NATURALEZA

Siempre me ha gustado abrazar árboles (y cuanto más grandes, mejor) e, incluso, en alguna ocasión, he llegado a quedarme dormido suspendido entre las ramas de alguno. Abrazar un árbol es como abandonarnos un poco a nosotros mismos, dejando vagar nuestra mente, permitiéndonos un instante de relax, dejar fluir nuestros sentidos, mimetizarnos, en cierto modo, con nuestro entorno. Abrazar un árbol es sentir y escuchar la vida: el latir de nuestro corazón, la textura de la corteza del árbol o el musgo y liquen que la recubre, el viento soplando entre las ramas y las hojas... Entrar, en definitiva, en comunión con la naturaleza, formando un solo ser.


Independientemente de lo que digan la ciencia y ciertas filosofías de terapias naturales, sé que, cuando abrazo un árbol, me siento bien. No necesito explicaciones ni motivos, simplemente me limito a abrazarlo, sentirlo y disfrutar de ese momento perdiéndome en él.

Abrazar un árbol tiene algo mágico -atávico, si lo preferís-, natural y beneficioso, y no creo que se necesite pensar demasiado en ello. Se hace, y ya está; a partir de ese punto, uno simplemente se deja llevar

Sin embargo, lo cierto es que los árboles -y especialmente los árboles grandes, viejos, antiguos o de formas caprichosas-, han tenido desde siempre un gran simbolismo entre todos los pueblos y culturas, y muchos de ellos, como árboles individuales y únicos, debido a sus características o incluso a su situación privilegiada, han llegado a generar un sin número de leyendas.

Desde la antigüedad, el culto a los árboles estuvo muy desarrollado en ciertas culturas y, hasta principios del siglo XX, en Europa, por poner un ejemplo cercano, en el folclore rural de algunos pueblos aún se les concedían algunos poderes, generalmente relacionados con el amor, la fertilidad o la protección de recién nacidos, que posiblemente eran reminiscencias y supersticiones surgidas de cultos más antiguos.


Más allá de las historias y leyendas, no existen dudas de que, antiguamente, muchos árboles, especialmente los grandes árboles, generaban sentido de comunidad. La sombra de un árbol a menudo otorgaba sombra, protección y refugio, y bajo las copas de éstos se celebraban banquetes, fiestas y ritos, y, especialmente en épocas de calor, durante el mediodía, los segadores, solían descansar y dormir la siesta bajo la sombra del árbol más grande después de parte de una jornada de duro trabajo.

Posiblemente, por esta misma razón de comunidad, y por el hecho de que muchos de esos árboles ya estaban ahí antes de que uno naciera, muchos hechos, anécdotas y leyendas a menudo quedaron ligados a estos árboles y al lugar donde éstos se asentaban, recibiendo, incluso, nombres propios y caprichosos.

Sin embargo, con el sistemático alejamiento del hombre de la naturaleza y el mundo rural, y especialmente debido a la perdida de la tradición oral, más común en otros tiempos, este simbolismo fue perdiéndose poco a poco, permaneciendo solamente en la memoria de los más viejos, permaneciendo únicamente la visión del árbol como dador de vida, y cobrando por ello un nuevo poderoso valor simbólico en nuestros tiempos, cuando la mano destructiva del hombre sobre su entorno es más patente que nunca..


No es extraño, pues, que, a partir de este punto, hayan surgido filosofías o terapias naturales relacionadas con los árboles, como es el caso de la arboterapia o silvoterapia. Estas corrientes propugnan el reencuentro del hombre con la naturaleza mediante la convivencia con y entre los árboles, buscando la paz y la armonía con los bosques, empleando los árboles como terapia contra el estrés, el desarrollo de los sentidos y remediando algunas enfermedades de carácter tanto físico como mental. No se trata únicamente de abrazar a los árboles, sino de pasear entre ellos, sentirlos cercanos, moverse y adentrarse en los bosques; caminar sin prisas entre árboles, donde lo importante no es tanto el destino, como el propio camino; oír los sonidos de la naturaleza y tener el espíritu relajado y abierto a las percepciones de los sentidos. Con ejercicios tan sencillos como éstos, los seguidores de estas filosofías aseguran que el cuerpo se une a la naturaleza, en perfecta armonía con la tierra, liberándose de los agobios, el estrés y las insatisfacciones del mundo moderno, llenando el espíritu de paz.

Por otro lado, este interés por los árboles también ha hecho que la ciencia investigue sus virtudes terapéuticas no medicinales, en relación a los efectos que el trato con los árboles produce en la mente y el metabolismo. Es evidente que un entorno natural y la simple observación de los árboles ayuda, en general, a la más rápida recuperación de diferentes trastornos mentales e, incluso físico, lo mismo que suele suceder con el trato de ciertos enfermos con animales. Abrazar árboles, pues, representa cierto retorno a nuestra propia la naturaleza, no únicamente a la naturaleza que nos rodea, sino nuestra propia naturaleza interior.


Personalmente, debo decir que la experiencia de abrazar árboles siempre me ha resultado gratificante, siempre que lo haga en lugares solitarios y tranquilos, como puede ser el campo, el bosque o un parque vacío, pero no me sucede lo mismo en lugares con demasiado tránsito humano o ruido. Para mí, abrazar un árbol no es sólo el acto en sí de abrazarlo y sentirlo, sino de olvidarme a mí mismo y dejar que mi mente y mis sentidos se expandan hacia el interior y el exterior a un mismo tiempo. Pero, ¿qué tal si abrazamos un árbol de nuevo, nos dejamos llevar, y exploramos esta experiencia con los sentidos?

ABRAZAR A UN ÁRBOL, ACARICIAR SU CORTEZA, SENTIR SUS HOJAS...

Es evidente que no todos los árboles, al abrazarlos, nos hacen sentir lo mismo, y, en cierto modo, podría decirse que cada persona puede elegir un árbol u otro según cada situación. Creo que, en parte, en todo ello influye mucho el sentido y el modo personal en que cada uno percibe las cosas en un momento dado. Independientemente de eso, cuando se habla de ponerse en contacto con un árbol, se habla mucho de abrazar árboles, pero poco de acariciar sus cortezas, sus hojas -independientemente de que éstas estén pegadas al árbol o no- y sus flores, o simplemente escuchar el “sonido” que el árbol nos transmite, esto es, el sonido del árbol mismo, de nuestro propio cuerpo al interaccionar con él, del viento sobre sus hojas, y de las sensaciones que sentimos alrededor de éste, desde el susurro de las hierbas, pasando por el canto de pájaros, los insectos... y de todo el entorno que lo envuelve.


Cuando uno abraza un árbol, en cierto modo acaricia su corteza, la siente sobre su piel; su solidez, su textura, su frescor o calidez... Pero más allá de esto, uno puede acariciar las cortezas de los árboles con las palmas de las manos, con los dedos, deslizando las yemas de los mismos a través de sus rugosidades, recorriendo los pequeños recovecos cuarteados, sintiendo el liquen y el musgo que crecen sobre él. Acercarse y sentir la calidez o frescor que desprenden su troncos o sus ramas, la sensación de humedad o sequedad de sus hojas, o el aroma de las mismas, tratando que los pensamientos desaparezcan para ser sustituidos por sensaciones.

Frecuentemente, cuando abrazamos para sentirnos cercanos a un árbol, cerramos los ojos, y nos quedamos quietos, pero también podemos estudiar el árbol con la vista, observando hasta los más pequeños detalles, aquellos que con un simple vistazo se nos escaparían, mirando y maravillándose con los colores las formas de sus raíces, su tronco y su copa,  haciendo de ello un ejercicio de relajación en sí mismo. Acercarse a él y sentir su olor -olor que puede cambiar notablemente después de una lluvia repentina, según sea de día o de noche, o según las estaciones- también puede resultar una experiencia gratificante.

Acaricia las hojas de los árboles. Cada árbol tiene sus propias hojas y cada hoja su propia forma y textura. Mira una hoja y observa sus colores, el recorrido de sus nervios al observarlas a contraluz. Coge suavemente una hoja, sin arrancarla de su rama y acaríciala con un dedo, o coge un puñado de hojas, y pásalas suavemente entre los dedos o a través del puño y siente su tacto en tu mano, suave, seco, liso, amelocotonado, rugoso, áspero, fresco...


Apóyate en el árbol, y observa tu alrededor, escúchalo, y lentamente cierra los ojos y sumérgete en él, quedándote así todo el tiempo que consideres necesario. Siente la paz.

Si estás en un sitio tranquilo, donde no puedas ser molestado, llegados a este punto puedes llegar a descansar y dormir, apoyado o tumbado sobre un tronco caído o suspendido entre las ramas de algún árbol, pero eso sería más bien algo circunstancial.

Abraza un árbol, y disfruta simplemente de la paz, la relajación y los sentidos. Sin más.

sábado, 20 de agosto de 2016

EL CASTAÑO DEL PLA DE SANT NICOLAU


Árbol inmenso que me regalas vida...

El castaño del Pla de Sant Nicolau.

El castaño del Pla de Sant Nicolau está situado en medio del espacio de interés natural de la montaña de Rocacorba, a pocos metros de distancia de la carretera que sube de Banyoles hasta el Santuari de la Mare de Déu de Rocacorba (Cataluña, España). Aunque no es visible desde esta ruta asfaltada, ya que de hecho el árbol está escondido en medio del boscaje que hay en el pequeño llano que le da nombre, se lo puede localizar fácilmente si uno conoce exactamente el lugar donde se encuentra el Pla de Sant Nicolau.

El tocón del castaño del Pla de Sant Nicolau.

Al subir por la mencionada carretera mencionada, ya pasado el lugar de Pujarnol, siguiendo durante unos cuantos kilómetros, nos encontraremos con la pequeña ermita románica de Sant Nicolau rozando el pie de carretera, que está situada debidamente señalizada. Unos pocos metros más arriba, justo en una curva de la carretera, podremos ver una fuente perenne bastante visible al lado derecho de la misma, que evidentemente, recibe el nombre de Font de Sant Nicolau (Fuente de Sant Nicolau), y al lado izquierdo un pequeño llano de tierra al lado izquierdo encontraremos un pequeño llano de tierra donde podremos aparcar nuestro vehículo.

La ermita de Sant Nicolau.

A partir de este punto, hará falta que nos calcemos bien, y seguiremos durante unos doscientos metros el estrecho sendero de tierra que atraviesa el llano de hierba que ya hemos mencionado y que penetra al interior de un pequeño bosque, conduciéndonos, después de una pequeña bajada, directamente delante del monumental castaño del Pla de Sant Nicolau. El impresionante aspecto de este árbol es inconfundible, pero, por si tuviéramos dudas, pocos metros antes de llegar al pie de la base de su tronco veremos señal con una descripción del mismo.

Señal informativa sobre el castaño del Pla de Sant Nicolau.

Este castaño de magníficas dimensiones y un aspecto imponente crece sobre la cima de una roca; gran parte de sus raíces son superficiales y se extienden sobre la misma, algunas de ellas aéreamente. Por otro lado, el tronco principal del árbol surgen cuatro ramas de medida considerable. Si a todo esto añadimos los agujeros que hay repartido por su tronco, los escondrijos que se entrevén entre la piedra sobre la que se asienta y sus raíces, y la abundante capa de musgo, helechos y vegetación diversa que lo cubre, este inmenso árbol parece como surgido de un cuento de hadas.

Descansando bajo la sombra del castaño del Pla de Sant Nicolau.

Aún así, hoy en día el árbol ya no tiene el esplendor del que gozó años atrás, ya que ha quedado muy maltrecho por la edad y está agujereado y hueco por dentro, pero más que la edad, su principal enemigo ha sido una meteorología adversa que ha hecho caer algunas de sus ramas principales (auténticos troncos), astillándolas, haciendo que el árbol haya perdido parte de su antigua altura. Algunas de estas ramas enormes han caído a sus pies no hace demasiado tiempo, donde aún permanecen, y dan cierto carácter y encanto al pequeño paraje que rodea a este castaño.

Sobre una de las ramas muertas del castaño.

A pesar de su actual estado, nada impide que este castaño continúe dando una gran cantidad de castañas cada otoño, año tras año, ni que reciba la constante visita de la fauna salvaje del bosque. A sus pies hay señales evidentes del paso de los jabalíes, y mientras lo visitábamos pudimos ver gorriones, mirlos, pequeños carboneros y algún que otro arrendajo atrevido. En este lugar tranquilo y sombrío, uno podría perderse y creer fácilmente que se encuentra en otro mundo y otro tiempo.

Poderosas raíces sobre la roca.

A pocos metros de este castaño, un poco más abajo, a unos 10 metros de distancia yendo dirección a la carretera a través de la maleza, podemos encontrar otro castaño de grandes medidas, aunque éste queda empequeñecido por el ejemplar del que hablamos en este artículo, pero vale la pena echarle también una ojeada, ya que éste se conserva en muy buen estado.

El otro castaño...

Por otro lado, si cogemos y continuamos avanzando por el sendero de tierra que nos ha llevado hasta el castaño del Pla de Sant Nicolau y caminamos un centenar de metros más, un poco más abajo, en medio de un pequeño llano herboso, encontraremos un magnífico ejemplar de roble que tiene una copa impresionante.

Un roble de copa impresionante.

Creo que vale la pena hacer una visita a este árbol monumental y sus alrededores. En este paraje natural abundan árboles de diferentes especies, muchos de ellos de dimensiones considerables, y no debemos olvidar de echar una pequeña ojeada a la ermita románica de Sant Nicolau ni a la fuente del mismo nombre que hay un poco más arriba, que, constantemente recubierta de musgo y pequeños helechos, está guardada por las inmensas raíces de los árboles que crecen encima suyo.

La fuente de Sant Nicolau.

De hecho, desde el punto de la fuente, encontraremos algunas rutas de senderismo que parten hacia distintos destinos. Y naturalmente, si continuáis vuestro camino hacia arriba, siempre podéis visitar el Santuari de la Mare de Déu de Rocacorba, desde el cual se puede gozar de unas vistas panorámicas de las Gironès, l’Alt y el Baix Empordà, el Pla de l’Estany y la Garrotxa, llegando a ver lugares tan emblemáticos como el Cap de Creus, el Montgrí, las islas Medes, les Gavarres, el Montseny o el Puigmal.

El castaño del Pla de Sant Nicolau.

Sólo pedirá a cambio, a quién fuera a hacer una visita a este lugar, que procure mantener este espacio tan limpio como lo encontró, y que si tropezase con alguna basura lanzada por algún irresponsable, la recogiese y la dejase en el primer contenedor o papelera que pudiese encontrar más adelante. Hace falta que respetemos el medio ambiente, en un mundo donde éste es poco respetado. ¡Muchas gracias!

Gozando de la naturaleza...

FICHA DEL ÁRBOL

Especie:
Castanea sativa
Altura:
18 m
Circunf. tocón a 1,30 m altura:
9,70 m
Circunf. media copa: 16,10 m
Edad aproximada:
Desconocida
Municipio:
Sant Miquel de Campmajor
Comarca:
Pla de l'Estany

martes, 16 de agosto de 2016

EL CASTANYER DEL PLA DE SANT NICOLAU


Arbre immens que em regales vida...

Vista panoràmica del castanyer del Pla de Sant Nicolau.

El castanyer del Pla de Sant Nicolau està situat en mig de l’espai d’interès natural de la muntanya de Rocacorba, a pocs metres de distància de la carretera que puja de Banyoles fins al Santuari de la Mare de Déu de Rocacorba (Catalunya, Espanya). Tot i que no és visible des d’aquesta ruta asfaltada, ja que de fet l’arbre es troba amagat en mig de la boscúria que hi ha en el petit pla que li dona nom, és fàcilment localitzable si un coneix exactament l’indret on es troba el Pla de Sant Nicolau.

La soca del castanyer del Pla de Sant Nicolau.

Al pujar per la mencionada carretera, ja passat l’indret de Pujarnol, seguint durant uns quants kilòmetres, ens trobarem amb la petita ermita romànica de Sant Nicolau tocant a peu de carretera, que està degudament senyalitzada. Uns pocs metres més a munt, just a una corba de la carretera, podrem veure una font perenne força visible al costat dret del voral, que evidentment, rep el nom de Font de Sant Nicolau, i al voral esquerra trobarem una petita esplanada de terra on podrem aparcar el nostre vehicle.

L'ermita de Sant Nicolau.

A partir d’aquest punt, caldrà que ens calcem bé, i seguirem durant uns dos-cents metres l’estret sender de terra que travessa l’esplanada d’herba que ja hem mencionat i que s’endinsa a l’interior d’un petit bosc, conduint-nos, després de fer una petita baixada, directament davant del monumental castanyer del Pla de Sant Nicolau. L’impressionant aspecte d’aquest arbre és inconfusible, però, per si tinguéssim dubtes, pocs metres abans d’arribar al peu de la seva soca veurem una senyal amb una  descripció del mateix.

Senyal informativa sobre el castanyer del Pla de Sant Nicolau.

Aquest castanyer de magnífiques dimensions i un aspecte imponent creix sobre el cim d’una roca; bona part de les seves arrels són superficials i s’estenen sobre seu, algunes d’elles aèriament. Per un altre costat, del tronc principal de l’arbre sorgeixen quatre branques de mida considerable. Si a tot això hi afegim els forats que hi ha repartits per la seva soca, els amagatalls que s’entreveuen entre la pedra sobre la que s’assenta i les seves arrels, i la abundant capa de molsa, petites falgueres i vegetació diversa que el cobreix, aquest immens arbre sembla com sorgit d’un conte de fades.

Descansant sota l'ombra del castanyer del Pla de Sant Nicolau.

Tot i així, avui en dia l’arbre ja no té l’esplendor que va gaudir anys enrere, ja que ha quedat força tocat per l’edat i està foradat i buit per dins, però més que l’edat, el seu principal enemic ha estat una meteorologia adversa que ha fet caure algunes de les seves branques principals (autèntics troncs), esberlant-les, fent que l’arbre hagi perdut part de la seva antiga alçada. Algunes d’aquestes branques enormes han caigut als seus peus no fa gaire temps, on encara romanen, i donen cert caràcter i encant al petit paratge que rodeja a aquest castanyer.

Sobre una de les branques mortes del castanyer.

Tot i el seu actual estat, res impedeix que aquest castanyer continuï donant una gran quantitat de castanyes cada tardor, any rere any, ni que rebi la constant visita de la fauna salvatge del bosc. Als seus peus hi ha senyals evidents del pas dels senglars, i mentre el visitàvem varem poder veure pardals, merles, petites mallerengues i algun que altre gaig agosarat. En aquest lloc tranquil i ombrívol, hom podria perdre’s i creure fàcilment que es troba en altre món i un altre temps.

Poderoses arrels sobre la roca.

A pocs metres d’aquest castanyer, una mica més avall, a uns 10 metres de distància anant direcció a la carretera a través de la bardissa, hi podem trobar un altre castanyer de grans mides, tot i que aquest queda empetitit pel exemplar del que parlem en aquest article, però val la pena de donar-li també una ullada, ja que aquest es conserva amb molt bon estat.

L'altre castanyer...

Per un altre costat, si agafem i continuem avançant pel sender de terra que ens ha portat fins el castany del Pla de Sant Nicolau avançant un centenar de metres més, una mica més avall, en mig de una petita esplanada herbosa, trobarem un magnífic exemplar de roure que té una capçada impressionant.

Un roure de capçada impressionant.

Crec que val la pena fer una visita a aquest arbre monumental i les seves rodalies. En aquest paratge natural abunden arbres de diferents espècies, molts d’ells de dimensions considerables, i no ens hem d’oblidar de fer una petita ullada a l’ermita romànica de Sant Nicolau ni a la font del mateix nom que hi ha una mica més amunt, que, constantment recoberta de molsa i petites falgueres, es troba guardada per les immenses arrels dels arbres que creixen pel seu cim.

La font de Sant Nicolau.

De fet, des del punt de la font, trobarem algunes rutes de senderisme que parteixen cap a diferents destins. I naturalment, si continueu el vostre camí cap a munt, sempre podeu visitar el Santuari de la Mare de Déu de Rocacorba, des del qual es pot gaudir d’unes vistes panoràmiques de les comarques del Gironès, l’Alt i el Baix Empordà, el Pla de l’Estany i la Garrotxa, arribant a veure llocs tan emblemàtics com el Cap de Creus, el Montgrí, les illes Medes, les Gavarres, el Montseny o el Puigmal.

El castanyer del Pla de Sant Nicolau.

Només demanaria a canvi, a qui hi anés a fer una visita a aquest lloc, que procuri mantenir aquest espai tan net com l’ha trobat, i que si ensopegués amb alguna deixalla llençada per algun irresponsable, la recollís i la deixés al primer contenidor o paperera que pugui trobar més endavant. Cal que respectem el medi ambient, en un món on aquest és poc respectat. Moltes gràcies!

Gaudint de la natura...

FITXA DE L'ARBRE

Espècie:
Castanea sativa
Alçada:
18 m
Circumf. soca a 1,30 m alçada:
9,70 m
Circumf. mitjana capçada: 16,10 m
Edat aproximada:
Desconeguda
Municipi:
Sant Miquel de Campmajor
Comarca:
Pla de l'Estany

URBEX: JAFRA (JAFRE), EL PUEBLO MALDITO DEL GARRAF

Texto: Joan Ramon Santasusana Gallardo. Fotografías: Joan Ramon Santasusana Gallardo y Esther Ortega López.
Fecha: 21 de febrero de 2016. Lugar: En algún lugar de la comarca del Garraf, provincia de Barcelona, Cataluña, España.
Total fotografías tomadas: 98. Total fotografías publicadas: 67.
Si quieres saber qué es el urbex: Urbex: exploración urbana.
Si quieres ver otros archivos urbex: Archivos urbex.


Visité Jafra (también conocida como Jafre) por primera vez a finales de los años ochenta, cuando aún vivía en Vilanova i la Geltrú. En aquellos años, un grupo de cuatro amigos fuimos a visitar este pueblo abandonado que se halla en el centro del Parc Natural del Garraf, atraídos por las historias y leyendas que se contaban del lugar, que tenía cierta fama de estar maldito. Ya no recuerdo exactamente que historias que habíamos escuchado, pero algunas de ellas hacían referencia a un fantasma que aparecía al lado de un pozo que había en el interior del pequeño cementerio del pueblo, otras hablaban de ciertas psicofanías grabadas en un enorme edificio adyacente a la iglesia y, finalmente, ¡cómo no!, se rumoreaba que en el lugar se celebraban misas negras y otras celebraciones satánicas.


Sea como sea, lo cierto es que pasamos una noche de vivac en este pueblo abandonado, y realmente nos sucedió algo extraño, aunque para nada ligado a ninguna de las historias o leyendas que habíamos escuchado, ya que, durante buena parte de la noche, una criatura indeterminada que nunca llegamos a ver, estuvo aleteando constantemente sobre nosotros, llegándonos incluso a perseguir cuando huíamos de ella. Por el ruido de su vuelo, siempre sospeché que podía ser una especie de libélula o langosta, quizás incluso, un murciélago, aunque para ser sinceros nunca llegamos a ver que era ni entender el motivo por el que estuvo aleteando toda la noche por encima de nuestras cabezas, a no ser que la criatura se sintiese atraída por la luz de nuestro pequeño campamento.

Bueno, anécdotas aparte, lo cierto es que siempre quise regresar a este lugar, y casi treinta años después, por fin volví al pueblo maldito de Jafra, aunque desde aquellos tiempos lejanos que lo visité, muchas cosas habían cambiado.


Actualmente, y en primer lugar, las ruinas del pueblo son mucho más accesibles de lo que eran antaño, ya que es posible llegar hasta esta pequeña aldea abandonada en coche (hay incluso un parking a no demasiados metros de ella), cuando, años atrás, uno sólo podía llegar allí con un tractor o a pie, siguiendo lo que yo siempre he llamado caminos y senderos de cabras; esto es, caminos pedregosos y empinados de difícil tránsito.

En segundo lugar, me sorprendió descubrir que el perímetro de la mayor parte de los edificios estaba vallado y el acceso al interior de la iglesia era difícil, ya que la puerta de ésta estaba cerrada, y sólo podía accederse a ella a través de un hueco de difícil acceso en una de sus paredes.

Y por último, debo reconocerlo, me sorprendió no ver ni una sola pintada en las paredes de ninguno de los edificios haciendo referencias al diablo o Satán, ya que cuando visitamos esta aldea en mi juventud, en el lugar habían muchas de ellas, especialmente dentro del edificio adyacente a la iglesia, hoy en día invadido de zarzas.


Lo que sí es cierto, es que Jafra es un pueblo maldito, no tanto por las leyendas que circulan alrededor suyo, que son muchas más que las que yo he mencionado, sino por la austeridad y la dureza del clima y del lugar donde se halla situado, un terreno pedregoso  y seco como pocos, típico de casi toda la zona del Massís del Garraf.

Efectivamente, el pueblo siempre tuvo pocos habitantes, y su población fue oscilando a lo largo de los años, despoblándose y poblándose sus tierras continuamente, hasta que fue abandonado totalmente hacia la década de los años sesenta del siglo XX.


Sin embargo, Jafra ya aparece documentado el año 1139, y en el año 1143, Ramon Guillem legó el lugar de Jafra a su hijo Pere. Para el año 1332 se menciona un “Castell de Jafre”, aunque no me consta que realmente existiese un castillo en esa población, por lo que es posible que el castillo se hallase en otro lugar. A principios del siglo XIV,
el señor de Jafra ya poseía el título de barón y en un censo de ese mismo siglo se habla de un solo fuego o hogar, en la población (el equivalente a una sola familia). En el año 1413 se indica que la iglesia de Santa Maria de Jafra ya no tiene razón de existir porque en el pueblo no queda nadie con vida.

A pesar de ello, en el siglo XVII, los barones de Jafra deciden dar un nuevo impulso al pueblo y nombran un alcalde (Francesc Mercer, el 1683), restaurando también la iglesia. Finalmente, en el año 1819 Jafra pierde por fin su último alcalde y queda incorporado definitivamente al relativamente cercano pueblo de Olivella, posiblemente debido a sus vínculos parroquiales.


Hasta entonces, la economía de Jafra se había basado en la leña y los pastos, intensificándose el cultivo de la vid hacia el siglo XVII; sin embargo, con la llegada de  la plaga de la filoxera en Cataluña (1879-1880), que fue un desastre a todos los niveles, empezó el declive y progresivo abandono de Jafra y las masías de sus alrededores, aunque hacia el año 1960, el pueblo aún tenía un censo de 19 habitantes.

Actualmente, del pueblo solo quedan ruinas: algunos muros de la casa del barón, la casa de los masoveros, la casa del rector y la iglesia de Santa Maria de Jafra. Y naturalmente, su recuerdo, el recuerdo del pueblo maldito.