sábado, 23 de abril de 2011

EL CAZADOR DE GAMUSINOS


Durante años estuve esperando mi oportunidad...

Cada noche, siempre que el trabajo y mi tiempo libre me lo permitían, salía con mi coche y me dirigía al campo con la esperanza de capturar un gamusino.

La primera vez que me hablaron de estas extrañas criaturas fue cuando, de niño, con 7 años de edad, los monitores del campamento de verano donde me encontraba, nos contaron que existían unos extraños seres conocidos como gambutzins (que es le nombre en catalán de estos seres), que al parecer nadie había visto nunca. Según contaban, eran unos animales o una especie de hombrecillos de aspecto vago y desconocido que eran muy pequeños y sensibles a la luz, y que sólo salían de noche, por lo que eran casi imposibles de capturar. Y aquella noche, por primera vez en mi vida, emprendí la caza del gamusino.

Fue una larga y dura noche persiguiendo fantasmas, sombras y ruidos junto a los monitores, que nos hicieron deambular de un lado al otro por los bosques, con las linternas apagadas, “para no espantar a los gambutzins”, hasta que al acabar aquella, mi primera jornada de caza, nos llevaron a la casa de colonias para acostarnos.

Al día siguiente, mientras desayunábamos, nos dijeron que los gamusinos no existían, que todo era sólo una broma. Pero una idea se formó en mi cabeza y me obsesionó; si nadie había visto nunca un gamusino, ¿cómo podían afirmar con total seguridad que no existían?

Pasó el tiempo, y con los años oí muchas historias sobre gamusinos, gambutzins, gambusinos y criaturas de nombres y costumbres similares, como los tamarros. Y poco a poco fui alimentando la idea de cazar un gamusino, y demostrar que éstos eran reales, y no sólo producto de la imaginación.

Se decía que eran unas pequeñas criaturas de un color negro intenso y con unos rasgos totalmente indefinidos, ya que no se podían palpar ni percibir. Algunos contaban que era una especie de pájaro mítico, inofensivo e imaginario a los que sólo se los podía cazar mediante artes secretas. Otros decían que estos seres sólo salían en las noches más oscuras, cuando, siendo ellos mismos tan intensamente negros, eran totalmente invisibles al ojo humano. Muchos otros comentaban que sólo salían en noches frías y ventosas, y que el sonido que emitían era semejante al que hace el viento cuando silba y por ese ruido era como uno podía darse cuenta de su presencia. Y otras muchas y fantásticas historias escuché que ahora no os contaré.

Y así pasaron los años, mientras empecé a perfeccionar mi equipo para cazar a un gamusino vivo, creando un arma de la que he llegado a sentirme totalmente orgulloso: mi bláster aspirador cazagamusinos, de fabricación totalmente casera, creado a partir de un aspirador modificado.

Y así, empecé a salir de noche por los campos y bosques en busca de un gamusino, y siempre tumbado en el suelo, escondido entre matorrales y rocas, en el bosque, campo o montaña, esperé silenciosamente, quieto y con paciencia, con un bocadillo y mi bláster aspirador siempre a punto en mi mano, el momento en que apareciese un gamusino y se pusiera al alcance de mi cañón.

Y así, tras años de espera, hace muy poco que llegó una noche, en que cayéndose mis párpados por el peso del sueño (ya que tampoco era raro que en mi paciente y silenciosa espera hiciera a veces ligeras cabezadas), oí un extraño ruido semejante al suave silbido que emite el soplido del viento que se me acercaba rápidamente. Observé, y prácticamente invisible, sólo iluminado por la luz de las estrellas, vi que, a pocos metros de mí, las hojas secas de los árboles y las hierbas se apartaban, y parecían moverse como si una leve ráfaga de viento recorriese un sendero marcado, directamente hacia los restos de mi bocadillo, que permanecía a mi lado abandonado.

Fuese lo que fuese, aquello se acercaba rápidamente, dirigiéndose en línea recta hacia aquellos restos de pan y mortadela con aceitunas, y yo fui girando muy suavemente el cañón de mi arma hacia allí, apuntando lentamente mi arma aspiradora.

De repente el movimiento se detuvo justo enfrente del bocadillo y el ruido cesó. Yo no veía nada, excepto la blancura del pan abandonado en el suelo. ¡Y entonces la vi! Una especie de mano o garra pequeña que agarraba un trozo de pan para arrancar una miga y…

¡ZAP!

Apreté el gatillo y lo aspiré.

Sentí como algo se movía, tragado por el tubo de mi arma, dirección al saco de plástico que reposaba en mi espalda. Y entonces la sentí… ¡como se movía la criatura, y como chillaba con aquel sonido semejante al viento!

Cogí entonces mis guantes de cuero, no fuera que aquella cosa me mordiese, y sacando un farolillo de cristal y un mechero, encendí una vela, pues parece ser que la luz directa, como podría ser la de una linterna, lastima a los gamusinos.

Y una vez en mi mano, sacándolo ya del saco donde había quedado atrapado, contemplé por primera vez a un auténtico gamusino, que podía ser pesado y medido. ¿Qué era exactamente aquel ser extraño semejante a una extraña sombra indefinida? Su forma, por momentos, parecía la de un animal algo rechoncho que bien podría ser un primate pequeño y extraño, como un ratón, o un pequeño búho. A momentos parecía que tenía patas, como manos y pies semejantes a pequeñas garras que me recordaban a las de un mono o una ardilla. Medía apenas unos centímetros, algo más grande que un puño y me sorprendió cuando, mirándome directamente a los ojos, me pareció detectar cierto brillo de inteligencia.

Se movía inquieto, emitiendo aquellos suaves silbidos que recordaban el ruido del viento, pero al ver que no podía escapar de mi mano, poco a poco se tranquilizó, como suelen hacer los animales cuando ven que no tienen escapatoria.

Tenía un gamusino en mi poder, el primer gamusino de la historia jamás capturado. Podría pasar a la posteridad, entregarlo a una universidad y salir en las noticias o el reportaje de algún programa de televisión. Podría sentar un precedente y ser alguien. Podría dejar de ser el excéntrico por el que todos me tomaban. Dejar de ser el cazador de gamusinos chiflado que sólo perseguía fantasías, sueños y sombras.

Lentamente, dejé al gamusino sobre la hierba del bosque de nuevo, y el ser se quedó allí quieto. Arranqué un trozo de pan del bocadillo que permanecía a mi lado y se lo dí.

Ahora lo vi claramente, vi su verdadero aspecto que no os escribiré.

Di una palmada en el aire y grité “¡Vete!”

El gamusino emprendió la carrera y al instante se fundió de nuevo en la oscuridad. Sólo al llegar en un punto en el que únicamente parecía ver la migaja de pan suspendida en el aire, se detuvo, y la voz la voz del gamusino chilló en la oscuridad:

- ¿Por qué me liberas? – No sé porqué, pero no me sorprendió nada que hablase.

- ¡Quizás porque tengo un gran corazón! –dije yo a ese punto indeterminado del bosque donde veía suspendida una miga de pan.

- ¿Es cierto? – preguntó el gamusino.

- Puede… o puede que mienta. Nunca lo sabrás – Le dije.

El gamusino resopló y desapareció en el espesor de la negrura del bosque. Al instante sentí como el soplo de un viento frío en mi rostro, y oí como el silbido de un viento que se desplazaba entre el ramaje de los pinos, que parecía emitir un débil “¡Graciiiiiiiiiiiiiiiias!” que se alejaba.

Me quedé quieto, tumbado en el suelo, pensando.

“Puede… o puede que mienta. ¡Nunca lo sabrás!”. Eso fue lo que le dije al gamusino. “¡Quizás tengo un gran corazón!”

Pero lo cierto es que lo liberé porque creo que a veces hay sueños que es mejor que permanezcan como tales.

Yo continuaría siendo el cazador de gamusinos.

Y el gamusino, una fantasía que continuaría alimentando el sueño de los hombres.

Un cazador de sueños, ese soy yo.

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