lunes, 22 de agosto de 2016

ABRAZAR ÁRBOLES: LA TERAPIA DE LA NATURALEZA

Siempre me ha gustado abrazar árboles (y cuanto más grandes, mejor) e, incluso, en alguna ocasión, he llegado a quedarme dormido suspendido entre las ramas de alguno. Abrazar un árbol es como abandonarnos un poco a nosotros mismos, dejando vagar nuestra mente, permitiéndonos un instante de relax, dejar fluir nuestros sentidos, mimetizarnos, en cierto modo, con nuestro entorno. Abrazar un árbol es sentir y escuchar la vida: el latir de nuestro corazón, la textura de la corteza del árbol o el musgo y liquen que la recubre, el viento soplando entre las ramas y las hojas... Entrar, en definitiva, en comunión con la naturaleza, formando un solo ser.


Independientemente de lo que digan la ciencia y ciertas filosofías de terapias naturales, sé que, cuando abrazo un árbol, me siento bien. No necesito explicaciones ni motivos, simplemente me limito a abrazarlo, sentirlo y disfrutar de ese momento perdiéndome en él.

Abrazar un árbol tiene algo mágico -atávico, si lo preferís-, natural y beneficioso, y no creo que se necesite pensar demasiado en ello. Se hace, y ya está; a partir de ese punto, uno simplemente se deja llevar

Sin embargo, lo cierto es que los árboles -y especialmente los árboles grandes, viejos, antiguos o de formas caprichosas-, han tenido desde siempre un gran simbolismo entre todos los pueblos y culturas, y muchos de ellos, como árboles individuales y únicos, debido a sus características o incluso a su situación privilegiada, han llegado a generar un sin número de leyendas.

Desde la antigüedad, el culto a los árboles estuvo muy desarrollado en ciertas culturas y, hasta principios del siglo XX, en Europa, por poner un ejemplo cercano, en el folclore rural de algunos pueblos aún se les concedían algunos poderes, generalmente relacionados con el amor, la fertilidad o la protección de recién nacidos, que posiblemente eran reminiscencias y supersticiones surgidas de cultos más antiguos.


Más allá de las historias y leyendas, no existen dudas de que, antiguamente, muchos árboles, especialmente los grandes árboles, generaban sentido de comunidad. La sombra de un árbol a menudo otorgaba sombra, protección y refugio, y bajo las copas de éstos se celebraban banquetes, fiestas y ritos, y, especialmente en épocas de calor, durante el mediodía, los segadores, solían descansar y dormir la siesta bajo la sombra del árbol más grande después de parte de una jornada de duro trabajo.

Posiblemente, por esta misma razón de comunidad, y por el hecho de que muchos de esos árboles ya estaban ahí antes de que uno naciera, muchos hechos, anécdotas y leyendas a menudo quedaron ligados a estos árboles y al lugar donde éstos se asentaban, recibiendo, incluso, nombres propios y caprichosos.

Sin embargo, con el sistemático alejamiento del hombre de la naturaleza y el mundo rural, y especialmente debido a la perdida de la tradición oral, más común en otros tiempos, este simbolismo fue perdiéndose poco a poco, permaneciendo solamente en la memoria de los más viejos, permaneciendo únicamente la visión del árbol como dador de vida, y cobrando por ello un nuevo poderoso valor simbólico en nuestros tiempos, cuando la mano destructiva del hombre sobre su entorno es más patente que nunca..


No es extraño, pues, que, a partir de este punto, hayan surgido filosofías o terapias naturales relacionadas con los árboles, como es el caso de la arboterapia o silvoterapia. Estas corrientes propugnan el reencuentro del hombre con la naturaleza mediante la convivencia con y entre los árboles, buscando la paz y la armonía con los bosques, empleando los árboles como terapia contra el estrés, el desarrollo de los sentidos y remediando algunas enfermedades de carácter tanto físico como mental. No se trata únicamente de abrazar a los árboles, sino de pasear entre ellos, sentirlos cercanos, moverse y adentrarse en los bosques; caminar sin prisas entre árboles, donde lo importante no es tanto el destino, como el propio camino; oír los sonidos de la naturaleza y tener el espíritu relajado y abierto a las percepciones de los sentidos. Con ejercicios tan sencillos como éstos, los seguidores de estas filosofías aseguran que el cuerpo se une a la naturaleza, en perfecta armonía con la tierra, liberándose de los agobios, el estrés y las insatisfacciones del mundo moderno, llenando el espíritu de paz.

Por otro lado, este interés por los árboles también ha hecho que la ciencia investigue sus virtudes terapéuticas no medicinales, en relación a los efectos que el trato con los árboles produce en la mente y el metabolismo. Es evidente que un entorno natural y la simple observación de los árboles ayuda, en general, a la más rápida recuperación de diferentes trastornos mentales e, incluso físico, lo mismo que suele suceder con el trato de ciertos enfermos con animales. Abrazar árboles, pues, representa cierto retorno a nuestra propia la naturaleza, no únicamente a la naturaleza que nos rodea, sino nuestra propia naturaleza interior.


Personalmente, debo decir que la experiencia de abrazar árboles siempre me ha resultado gratificante, siempre que lo haga en lugares solitarios y tranquilos, como puede ser el campo, el bosque o un parque vacío, pero no me sucede lo mismo en lugares con demasiado tránsito humano o ruido. Para mí, abrazar un árbol no es sólo el acto en sí de abrazarlo y sentirlo, sino de olvidarme a mí mismo y dejar que mi mente y mis sentidos se expandan hacia el interior y el exterior a un mismo tiempo. Pero, ¿qué tal si abrazamos un árbol de nuevo, nos dejamos llevar, y exploramos esta experiencia con los sentidos?

ABRAZAR A UN ÁRBOL, ACARICIAR SU CORTEZA, SENTIR SUS HOJAS...

Es evidente que no todos los árboles, al abrazarlos, nos hacen sentir lo mismo, y, en cierto modo, podría decirse que cada persona puede elegir un árbol u otro según cada situación. Creo que, en parte, en todo ello influye mucho el sentido y el modo personal en que cada uno percibe las cosas en un momento dado. Independientemente de eso, cuando se habla de ponerse en contacto con un árbol, se habla mucho de abrazar árboles, pero poco de acariciar sus cortezas, sus hojas -independientemente de que éstas estén pegadas al árbol o no- y sus flores, o simplemente escuchar el “sonido” que el árbol nos transmite, esto es, el sonido del árbol mismo, de nuestro propio cuerpo al interaccionar con él, del viento sobre sus hojas, y de las sensaciones que sentimos alrededor de éste, desde el susurro de las hierbas, pasando por el canto de pájaros, los insectos... y de todo el entorno que lo envuelve.


Cuando uno abraza un árbol, en cierto modo acaricia su corteza, la siente sobre su piel; su solidez, su textura, su frescor o calidez... Pero más allá de esto, uno puede acariciar las cortezas de los árboles con las palmas de las manos, con los dedos, deslizando las yemas de los mismos a través de sus rugosidades, recorriendo los pequeños recovecos cuarteados, sintiendo el liquen y el musgo que crecen sobre él. Acercarse y sentir la calidez o frescor que desprenden su troncos o sus ramas, la sensación de humedad o sequedad de sus hojas, o el aroma de las mismas, tratando que los pensamientos desaparezcan para ser sustituidos por sensaciones.

Frecuentemente, cuando abrazamos para sentirnos cercanos a un árbol, cerramos los ojos, y nos quedamos quietos, pero también podemos estudiar el árbol con la vista, observando hasta los más pequeños detalles, aquellos que con un simple vistazo se nos escaparían, mirando y maravillándose con los colores las formas de sus raíces, su tronco y su copa,  haciendo de ello un ejercicio de relajación en sí mismo. Acercarse a él y sentir su olor -olor que puede cambiar notablemente después de una lluvia repentina, según sea de día o de noche, o según las estaciones- también puede resultar una experiencia gratificante.

Acaricia las hojas de los árboles. Cada árbol tiene sus propias hojas y cada hoja su propia forma y textura. Mira una hoja y observa sus colores, el recorrido de sus nervios al observarlas a contraluz. Coge suavemente una hoja, sin arrancarla de su rama y acaríciala con un dedo, o coge un puñado de hojas, y pásalas suavemente entre los dedos o a través del puño y siente su tacto en tu mano, suave, seco, liso, amelocotonado, rugoso, áspero, fresco...


Apóyate en el árbol, y observa tu alrededor, escúchalo, y lentamente cierra los ojos y sumérgete en él, quedándote así todo el tiempo que consideres necesario. Siente la paz.

Si estás en un sitio tranquilo, donde no puedas ser molestado, llegados a este punto puedes llegar a descansar y dormir, apoyado o tumbado sobre un tronco caído o suspendido entre las ramas de algún árbol, pero eso sería más bien algo circunstancial.

Abraza un árbol, y disfruta simplemente de la paz, la relajación y los sentidos. Sin más.

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