Texto y fotografías:
Joan Ramon Santasusana Gallardo.
Fecha: 15 de noviembre de 2015. Lugar: En algún lugar de les Gavarres, en la comarca del Baix Empordà, provincia de Girona, Cataluña, España.
Total fotografías tomadas: 58. Total fotografías publicadas: 46.
Si quieres saber qué es el urbex: Urbex: exploración urbana.
Si quieres ver otros archivos urbex: Archivos urbex.
En esta ocasión, paseándonos por el interior de los caminos de tierra de les Gavarres, y después de cruzarnos con algunas masías, llegamos a un pequeño núcleo urbano formado por dos enormes casas –masías, ellas mismas- y una pequeña aunque monumental iglesia cuyo conjunto es popularmente conocido con el nombre de Els Metges, aunque su nombre original sea Sant Cebrià de Lladó, aunque éste último poca gente lo use.
A medida que diversos pueblos y masías han ido quedando abandonados, también fueron siendo abandonadas la mayor parte de sus iglesias, que a veces permanecieron cerradas, abriéndose sólo en ciertas fechas señaladas, mientras que otras han permanecido abiertas mostrando los restos de su esplendor pasado, a la vez que poco a poco han ido cayendo en un lento deterioro, que a veces milagrosamente se han visto frenados gracias a la intervención de pequeños grupos de personas o iniciativas populares que, de cuando en cuando, han intervenido haciendo pequeñas reformas o trabajos de limpieza, que son lo que en definitiva impiden que finalmente estos edificios acaben en la ruina total.
Supongo que éste es el caso de la iglesia de Els Metges, nombre con el que popularmente se conoce tanto la iglesia como la pequeña población de Sant Cebrià de Lledó que la contiene, que no es otra cosa que un antiguo pueblo de masías diseminadas (la mayoría de ellas abandonadas) que está situado en el centro del macizo montañoso de les Gavarres, a unos 300 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Girona. Efectivamente, aunque en los Metges puede adivinarse cierta atmósfera de abandono y decadencia, queda también patente los intentos de conservación que se han hecho para preservar este lugar.
En la iglesia de esta antigua población, que actualmente pertenece al municipio de Cruïlles, Monells i Sant Sadurní de l'Heura, se veneraba a los santos médicos Cosme y Damià (nombres en catalán), cuyo culto fue muy popular hasta el punto de que este lugar –tanto el pueblo como su iglesia- acabó siendo más conocido como Els Metges (es decir “Los Médicos”), sustituyendo su antiguo nombre original. Antiguamente, esta iglesia, además de cumplir sus funciones religiosas, era el lugar donde se reunía la universidad del pueblo o antiguo consejo de los cabezas de familia de cada casa, que fueron los predecesores de los actuales ayuntamientos.
La nave de esta iglesia es románica, pero durante los siglos XVI-XVII se construyó su actual campanario, de torre cuadrada, el ábside poligonal y las capillas laterales, accediendo a su entrada a través de una pequeña plazoleta que hace las veces de cementerio. En su interior aún quedan rastros de pintura mural popular del siglo XIX.
Este edificio está incluido en el Inventari del Patrimoni Arquitectònic de Catalunya (Inventario del Patrimonio Arquitectónico de Cataluña).
"Mundos propios" es mi blog personal, donde escribo artículos varios, leyendas, cuentos y cualquier paranoia que se me ocurra, creándome mis propios mundos y universos paralelos en el proceso...
martes, 5 de julio de 2016
domingo, 3 de julio de 2016
EL DISCURSO DE COLOSO SOBRE LA INTOLERANCIA Y EL FIN LOS DERECHOS HUMANOS
A veces hay discursos que te llegan directamente al alma, como pueden ser el Mensaje del Gran Jefe Seattle al Presidente de los Estados Unidos, que se ha convertido en uno de los alegatos ecologistas más famosos de todos los tiempos, o el gran discurso final de Charles Chaplin en “El Gran Dictador” (The Great Dictator, 1940). En este caso, sin embargo, sólo quiero ofreceros un pequeño discurso surgido de la viñeta de un cómic –concretamente, el Secret Wars: Years of the Future Past #2 USA (Agosto de 2015), editado por Marvel –que sin llegar a ser una obra maestra, tiene la virtud de explicar, resumir y expresar de un modo muy claro, sencillo y conciso, como a través de la intolerancia se puede llegar a negar y recortar los derechos y libertades básicas de algunos individuos, justificándolo de cualquier modo, para que, a la larga, eso pueda llegar a influir y afectar las decisiones futuras de toda una sociedad, hasta volverse en su contra, dando así el primer paso hacia una dictadura. Aquí os dejo el texto y entended por vosotros mismos...
¿Un chiste? Todo esto empezó así, ¿sabéis, chicos?
Siempre empieza en broma. Escuchadme los dos.
Uno ve a un padre o a una madre, y piensa que no están a la altura.
Sus mocosos no se callan, y están tan agotados que dejan que griten, llenos de mocos, llorando, pegando y descontrolados.
Y les dices a tus amigos: “Deberían hacer un examen para ser padre” ¿Lo entendéis? “Deberían dar permiso para tener hijos”.
Empieza como una broma.
Y luego tal vez ocurre una tragedia: una madre que debería haber recibido ayuda tras el parto, pero el seguro no cubría la terapia.
Un padre que se equivocó porque lo educaron para que pensara que los hombres son débiles si se preocupan por los otros.
Se presentan los primeros tests.
Y piensas: “Bien, ahora esos niños estarán a salvo”.
Aprueban los tests y, sí, surgen algunos problemas, pero nada que no pueda resolverse, ¿eh?
Pero ahora cualquiera con una enfermedad mental o antecedentes penales tiene prohibido ser padre, y piensas: “Vaya, eso es sensato, ¿no?”
Porque no conoces a nadie así, por lo que ¿quién va a decirte que no son como los representan en las historias?
Enfermo, peligroso, criminal... esas palabras se expanden.
De repente, es cualquiera que tenga diabetes o cáncer, porque podrían morir y dejar huérfanos a sus hijos; ¿cómo se atreven a tenerlos?
Y luego las parejas sordas, minusválidas, interraciales, homosexuales... porque ¿es que no saben lo difícil que se lo están poniendo a sus hijos?
Y entonces son quienes ellos quieran.
Crees que es por el bien superior. Ni siquiera imaginas la vida de alguien que no es como tú.
Y un día... te toca a ti.
Un gen, una historia, un comportamiento pasados... y de repente eres peligroso, criminal, estás enfermo.
Porque la verdad es que...
... el odio humano se adapta a todo.
Crees que estás a salvo.
Pero si alguien te odia, se le ocurrirá la forma de racionalizarlo.
Entonces comprendes a qué le has dado poder, sólo cuando te das cuenta de lo que te han arrebatado.
Las bromas tienen el terrible poder de coger la verdad y afearla.
¿Lo entendéis, niños?
¿Un chiste? Todo esto empezó así, ¿sabéis, chicos?
Siempre empieza en broma. Escuchadme los dos.
Uno ve a un padre o a una madre, y piensa que no están a la altura.
Sus mocosos no se callan, y están tan agotados que dejan que griten, llenos de mocos, llorando, pegando y descontrolados.
Y les dices a tus amigos: “Deberían hacer un examen para ser padre” ¿Lo entendéis? “Deberían dar permiso para tener hijos”.
Empieza como una broma.
Y luego tal vez ocurre una tragedia: una madre que debería haber recibido ayuda tras el parto, pero el seguro no cubría la terapia.
Un padre que se equivocó porque lo educaron para que pensara que los hombres son débiles si se preocupan por los otros.
Se presentan los primeros tests.
Y piensas: “Bien, ahora esos niños estarán a salvo”.
Aprueban los tests y, sí, surgen algunos problemas, pero nada que no pueda resolverse, ¿eh?
Pero ahora cualquiera con una enfermedad mental o antecedentes penales tiene prohibido ser padre, y piensas: “Vaya, eso es sensato, ¿no?”
Porque no conoces a nadie así, por lo que ¿quién va a decirte que no son como los representan en las historias?
Enfermo, peligroso, criminal... esas palabras se expanden.
De repente, es cualquiera que tenga diabetes o cáncer, porque podrían morir y dejar huérfanos a sus hijos; ¿cómo se atreven a tenerlos?
Y luego las parejas sordas, minusválidas, interraciales, homosexuales... porque ¿es que no saben lo difícil que se lo están poniendo a sus hijos?
Y entonces son quienes ellos quieran.
Crees que es por el bien superior. Ni siquiera imaginas la vida de alguien que no es como tú.
Y un día... te toca a ti.
Un gen, una historia, un comportamiento pasados... y de repente eres peligroso, criminal, estás enfermo.
Porque la verdad es que...
... el odio humano se adapta a todo.
Crees que estás a salvo.
Pero si alguien te odia, se le ocurrirá la forma de racionalizarlo.
Entonces comprendes a qué le has dado poder, sólo cuando te das cuenta de lo que te han arrebatado.
Las bromas tienen el terrible poder de coger la verdad y afearla.
¿Lo entendéis, niños?
URBEX: EL CASTELL DE PALAGRET (EL CASTELL DE MABARRERA)
Texto:
Joan Ramon Santasusana Gallardo. Fotografías:
Joan Ramon Santasusana Gallardo y Esther Ortega López.
Fecha: 26 de septiembre de 2015. Lugar: En algún lugar de la comarca del Gironès, provincia de Girona, Cataluña, España.
Total fotografías tomadas: 73. Total fotografías publicadas: 44.
Si quieres saber qué es el urbex: Urbex: exploración urbana.
Si quieres ver otros archivos urbex: Archivos urbex.
El castell de Palagret, conocido también como castell de Mabarrera es un antiguo castillo o fortaleza medieval que está situado en el interior boscoso de la vall de Palagret, en la cima de una pequeña colina de las montañas de les Gavarres situada algo al sur de los núcleos urbanos de Celrà i Juià, en la comarca del Gironès. Estratégicamente situado para controlar el camino de época romana que permitía el acceso a Girona desde la comarca del Baix Empordà a través del macizo de les Gavarres, este castillo formaba parte de un grupo de fortalezas que pertenecieron al obispado de Girona, entre los que se incluían también los castillos de Juià, Celrà y Barbavella.
El castillo conserva numerosos vestigios medievales entre sus muros -los restos conservados se pueden fechar entre los siglos X y XI, habiendo constancia de que sus últimos ocupantes abandonaron el recinto entre finales del siglo XV y principios del XVI-, así como algunos elementos prerrománicos, asentándose directamente sobre la roca madre de la colina. Es un edificio de planta cuadrangular ligeramente trapezoidal. Por el lado norte mide 25 m, por el este 21 m, por el sur 22 m y por el oeste 23 m. Sus muros son gruesos, teniendo entre 70 y 100 cm de grosor, y conservándose actualmente hasta una altura máxima de 4 metros. En su mayor parte, las paredes perimetrales fueron reforzados con taludes y contrafuertes, algunos de los cuales aún se hallan en buen estado de conservación, al contrario del resto del edificio, aunque es fácil adivinar en él algunas de las viejas cámaras o habitaciones que lo formaron.
Por el lado norte, este y oeste tiene un foso que lo rodea, con un perímetro total de 92 metros y una anchura que va de los 5,5 a los 6,5 metros, que está directamente cortado sobre la roca, mientras que por el lado sur carece de foso ya que éste no era necesario, ya que el castillo quedaba protegido por el propio desnivel del terreno.
Actualmente, aunque en ruinas, el castillo se encuentra en relativo buen estado de conservación debido a que aún conserva buenas partes de sus muros y contrafuertes, pudiéndose observar aún algunas puertas con sus arcos y ventanas. Alrededor de su entrada principal y parte del interior del castillo se han adecuado algunas estructuras metálicas y escaleras, de modo que éste es accesible y puede ser visitado por todos aquellos excursionistas que pasen por sus inmediaciones.
Fecha: 26 de septiembre de 2015. Lugar: En algún lugar de la comarca del Gironès, provincia de Girona, Cataluña, España.
Total fotografías tomadas: 73. Total fotografías publicadas: 44.
Si quieres saber qué es el urbex: Urbex: exploración urbana.
Si quieres ver otros archivos urbex: Archivos urbex.
El castell de Palagret, conocido también como castell de Mabarrera es un antiguo castillo o fortaleza medieval que está situado en el interior boscoso de la vall de Palagret, en la cima de una pequeña colina de las montañas de les Gavarres situada algo al sur de los núcleos urbanos de Celrà i Juià, en la comarca del Gironès. Estratégicamente situado para controlar el camino de época romana que permitía el acceso a Girona desde la comarca del Baix Empordà a través del macizo de les Gavarres, este castillo formaba parte de un grupo de fortalezas que pertenecieron al obispado de Girona, entre los que se incluían también los castillos de Juià, Celrà y Barbavella.
El castillo conserva numerosos vestigios medievales entre sus muros -los restos conservados se pueden fechar entre los siglos X y XI, habiendo constancia de que sus últimos ocupantes abandonaron el recinto entre finales del siglo XV y principios del XVI-, así como algunos elementos prerrománicos, asentándose directamente sobre la roca madre de la colina. Es un edificio de planta cuadrangular ligeramente trapezoidal. Por el lado norte mide 25 m, por el este 21 m, por el sur 22 m y por el oeste 23 m. Sus muros son gruesos, teniendo entre 70 y 100 cm de grosor, y conservándose actualmente hasta una altura máxima de 4 metros. En su mayor parte, las paredes perimetrales fueron reforzados con taludes y contrafuertes, algunos de los cuales aún se hallan en buen estado de conservación, al contrario del resto del edificio, aunque es fácil adivinar en él algunas de las viejas cámaras o habitaciones que lo formaron.
Por el lado norte, este y oeste tiene un foso que lo rodea, con un perímetro total de 92 metros y una anchura que va de los 5,5 a los 6,5 metros, que está directamente cortado sobre la roca, mientras que por el lado sur carece de foso ya que éste no era necesario, ya que el castillo quedaba protegido por el propio desnivel del terreno.
Actualmente, aunque en ruinas, el castillo se encuentra en relativo buen estado de conservación debido a que aún conserva buenas partes de sus muros y contrafuertes, pudiéndose observar aún algunas puertas con sus arcos y ventanas. Alrededor de su entrada principal y parte del interior del castillo se han adecuado algunas estructuras metálicas y escaleras, de modo que éste es accesible y puede ser visitado por todos aquellos excursionistas que pasen por sus inmediaciones.
sábado, 2 de julio de 2016
EL PRINCIPIO DE LA INTOLERANCIA
Nunca es tarde para cambiar las cosas... hasta que es demasiado tarde.
No nos engañemos, durante estos últimos meses la intolerancia ha ido creciendo de un modo preocupante en el mundo en general, y en Europa en particular, y cada cual pretende justificarla a su modo. Inmigrantes, refugiados... y últimamente, en motivo de las últimas elecciones españolas o el brexit de Reino Unido, la gente mayor. Parece que el nuevo modo de pensar es éste: si algo nos molesta, debemos apartarlo, si algo no nos gusta lo debemos eliminar. Pero la cosa no se detiene aquí, si uno mira un poco más allá verá que la brecha de la intolerancia se ha abierto entre algunos españoles y catalanes, entre las propias diferencias de género o las diferentes tendencias sexuales, o, lo más terrible, en la educación y lo que se debe o no enseñar en las escuelas. La intolerancia crece, y cada vez oigo más palabras que destilan odio, miedo, inseguridad, y, sinceramente, no creo que nada de esto lleve a algo bueno.
Me gustaría decir que todo esto se resume a simple ignorancia, pero conozco a demasiada gente presuntamente inteligente que se han añadido a las filas de los intolerantes, pretendiendo racionalizar ese modo de pensar. Los escucho y veo como cada uno de ellos pretende justificar cualquier barbaridad que pueda ocurrir a aquellos que no piensan como ellos, que no son como los suyos o, simplemente, que puedan ver como una simple amenaza, siendo incapaces de ver que ellos mismos son víctimas de una vida que no eligieron para sí mismos.
Demasiados son los que viven en el temor de que otros puedan hacerles sombra, quitarles el trabajo (muchas trabajos, sin embargo, que ellos mismos no aceptarían realizar), y, básicamente no se adecuen a su modo de ver el mundo, cuando ellos mismos son incapaces de ver el mundo desde los ojos de los otros o simplemente mejorar. Personas, dicho de otro modo, que carecen de empatía; retrógrados, en muchos casos, que se las dan de progresistas, pero sólo saben criticar, criticar y criticar, sin ser capaces de dar una sola solución constructiva.
Llegados a un punto se aparta a los otros por cualquier motivo: eres blanco, eres negro, estás gordo, estás flaco, tienes una enfermedad, no eres de los míos, eres rarito, no eres normal... La intolerancia aparece en cualquier lado. Y la intolerancia, amigos, es el alimento del odio. ¿De verdad queréis verlo crecer?
Todo esto viene a razón de varios temas que llevan un tiempo preocupándome, aunque hasta ahora he callado: la crisis de los inmigrantes y refugiados, el miedo creciente a los “terroristas”, el nuevo auge del machismo, la persecución por un sector de la sociedad contra cualquiera que se atreva a hablar de independentismo como si las personas no tuvieran derecho a elegir, o, últimamente, ¡horror!, las críticas contra una buena parte de la población de la tercera edad por considerarlos un lastre debido a los últimos resultados electorales. Me preocupa, de verdad. “¡Si eres diferente, no tienes los mismos derechos!”. La verdad, me horroriza esa idea, pero la veo reflejada de un modo u otro en el mundo cada día.
Todo esto viene a cuento de algunos comentarios que durante estos últimos días he ido leyendo por la red -y espero que si alguien lee esto aquí no se ofenda ni se dé por aludido, porque no es esa mi intención-, en los que se decía que se debería restringir el voto a la tercera edad, quizá desde los 70, 75, u 80, años, por considerar que no les parece justo que el voto de un grupo cada vez más grande, cito textualmente, “al que le quedan quizá 10 años de vida”, pueda condicionar de manera tan drástica el futuro de los que vienen detrás. Por otra parte, esas mismas personas consideran que esto tal vez podría ampliarse a toda la población, analizando cómo votan, por creen que el voto es un acto de responsabilidad tal que no debería poderse votar teniendo demencia senil, o por ir sedado con según que medicación, o simplemente por ir a votar sin estar bien informado y sin seguir criterio, sólo por costumbre o porque así vota cualquier familiar o amigo cercano.
Más o menos ésta es la respuesta que dí en algunos de los casos que leí:
Creo que pensar así es un error. En el momento que uno decide quién vota y quién no, quién tiene derecho a una cosa u a otra, empieza la discriminación. Y la discriminación tiene una gran virtud, tarde o temprano se puede volver en tu contra o en la de los tuyos. Dar un paso así sería terrible, porque quizás primero no dejaríamos votar a los viejos, luego a los inmigrantes, luego a los homosexuales, luego a quién no tuviese un CI mínimo, y luego ¿a quién? Llegaría un punto en el que ni siquiera nos molestaríamos a debatir con nadie en el porqué de un cambio u otro porque simplemente nos consideraríamos “mejores”, “elegidos”, “superiores” para decidirlo nosotros por ellos... y quizás, llegados a este punto, consideraríamos que aquellos que no votan no sólo no tienen derecho a decidir nada, sino que han de obedecer los dictados de los que sí votan, y todo eso ya sabemos a donde puede llevar. ¿Seguro qué os gustaría un mundo así?
No olvidéis que de aquí un tiempo nosotros formaremos parte de esa población envejecida. ¿Estaríais de acuerdo entonces, en no tener derecho a votar? ¿Estaríais de acuerdo que para cuando llegaseis a esa edad, otros tomaran las decisiones por vosotros, teniendo vosotros la capacidad de hacerlo? Mucha gente mayor que actualmente vota es la misma gente que en su momento luchó por defender los derechos de los que gozamos hoy en día. Quizás algunos no lucharon, y otros se mantuvieron “neutrales” o no actuaron por prudencia o simple cobardía, pero muchos lucharon por ello y ¿ahora les quitaríais el privilegio del voto sólo porque las cosas no funcionan según vosotros lo deseáis? Aún teniendo conocimiento de política, cada uno elegirá su bando según sus creencias, su educación o su conveniencia, y para elegir bando no hace falta tener conocimientos políticos tanto como sentido común, que como sabemos es el menos común de los sentidos. Si nos ponemos a hablar de que sólo voten aquellos que tienen conocimientos políticos, quizás pronto negásemos el voto a aquellos que son analfabetos (y un analfabeto no es necesariamente un ignorante), o a cualquiera que sufriera un trastorno mental, por mínimo que este fuera, o quizás a aquellos que no están licenciados, o puede que al final se lo negásemos a cualquiera que no pensase como nosotros, porque eso significaría que no tienen criterio y están equivocados. Quizás acabasen votando únicamente aquellos que tuvieran oscuros intereses detrás que velasen por controlarlo todo.
Si se empieza a quitar derechos a la gente, pronto crearíamos precedentes peligrosos para, poco a poco, ir quitando derechos a los demás, hasta que un día nos convirtiésemos en los mismos monstruos que intentamos negar, o acabásemos como víctimas de nuestra propia receta, cuando cualquier otro decidiera que nosotros tampoco podríamos votar por cualquier razón similar, como que en nuestro historial figurase haber sufrido alguna depresión, o quizás haber votado en alguna ocasión algún otro partido contrario al nuestro, o quizás por haber compartido en algún momento amistad o lazos familiares con algún “anarquista”, “extremista” o “terrorista” (palabras utilizadas aquí de modo muy ambiguo), etc. Y cuando se nos quitase el derecho al voto, ¿qué otros derechos le seguirían y nos quitarían? No se trata tanto de quitar, como de dar; dar información, educación, oportunidades... Cosa que por cierto soy muy consciente que hoy en día no se da tanto como todos desearíamos, pero quitando derechos a unos u otros no se ayudaría en nada a mejorar.
Hace falta más empatía en el mundo, y respeto. Hace falta educación, auténtica educación, sin confundir la educación únicamente con aquello que nos enseñan en la escuela o los medios, sino con el auténtico conocimiento. Hay que ser capaz de entender la prójimo, entender que ninguna persona o cultura es igual a como nos la han retratado o nos han hecho creer que es, sin tener conocimiento real de esa persona o cultura de la que hablamos. Las etiquetas se ponen a veces para comprender, pero nunca deberían definir a nadie, porque todo es mucho más complejo que una simple palabra... Falta, como ya he dicho al principio, tolerancia. Tolerancia hacia los otros, y hacia los errores que comete uno mismo; ya va siendo hora de aprender.
No nos engañemos, durante estos últimos meses la intolerancia ha ido creciendo de un modo preocupante en el mundo en general, y en Europa en particular, y cada cual pretende justificarla a su modo. Inmigrantes, refugiados... y últimamente, en motivo de las últimas elecciones españolas o el brexit de Reino Unido, la gente mayor. Parece que el nuevo modo de pensar es éste: si algo nos molesta, debemos apartarlo, si algo no nos gusta lo debemos eliminar. Pero la cosa no se detiene aquí, si uno mira un poco más allá verá que la brecha de la intolerancia se ha abierto entre algunos españoles y catalanes, entre las propias diferencias de género o las diferentes tendencias sexuales, o, lo más terrible, en la educación y lo que se debe o no enseñar en las escuelas. La intolerancia crece, y cada vez oigo más palabras que destilan odio, miedo, inseguridad, y, sinceramente, no creo que nada de esto lleve a algo bueno.
Me gustaría decir que todo esto se resume a simple ignorancia, pero conozco a demasiada gente presuntamente inteligente que se han añadido a las filas de los intolerantes, pretendiendo racionalizar ese modo de pensar. Los escucho y veo como cada uno de ellos pretende justificar cualquier barbaridad que pueda ocurrir a aquellos que no piensan como ellos, que no son como los suyos o, simplemente, que puedan ver como una simple amenaza, siendo incapaces de ver que ellos mismos son víctimas de una vida que no eligieron para sí mismos.
Demasiados son los que viven en el temor de que otros puedan hacerles sombra, quitarles el trabajo (muchas trabajos, sin embargo, que ellos mismos no aceptarían realizar), y, básicamente no se adecuen a su modo de ver el mundo, cuando ellos mismos son incapaces de ver el mundo desde los ojos de los otros o simplemente mejorar. Personas, dicho de otro modo, que carecen de empatía; retrógrados, en muchos casos, que se las dan de progresistas, pero sólo saben criticar, criticar y criticar, sin ser capaces de dar una sola solución constructiva.
Llegados a un punto se aparta a los otros por cualquier motivo: eres blanco, eres negro, estás gordo, estás flaco, tienes una enfermedad, no eres de los míos, eres rarito, no eres normal... La intolerancia aparece en cualquier lado. Y la intolerancia, amigos, es el alimento del odio. ¿De verdad queréis verlo crecer?
Todo esto viene a razón de varios temas que llevan un tiempo preocupándome, aunque hasta ahora he callado: la crisis de los inmigrantes y refugiados, el miedo creciente a los “terroristas”, el nuevo auge del machismo, la persecución por un sector de la sociedad contra cualquiera que se atreva a hablar de independentismo como si las personas no tuvieran derecho a elegir, o, últimamente, ¡horror!, las críticas contra una buena parte de la población de la tercera edad por considerarlos un lastre debido a los últimos resultados electorales. Me preocupa, de verdad. “¡Si eres diferente, no tienes los mismos derechos!”. La verdad, me horroriza esa idea, pero la veo reflejada de un modo u otro en el mundo cada día.
Todo esto viene a cuento de algunos comentarios que durante estos últimos días he ido leyendo por la red -y espero que si alguien lee esto aquí no se ofenda ni se dé por aludido, porque no es esa mi intención-, en los que se decía que se debería restringir el voto a la tercera edad, quizá desde los 70, 75, u 80, años, por considerar que no les parece justo que el voto de un grupo cada vez más grande, cito textualmente, “al que le quedan quizá 10 años de vida”, pueda condicionar de manera tan drástica el futuro de los que vienen detrás. Por otra parte, esas mismas personas consideran que esto tal vez podría ampliarse a toda la población, analizando cómo votan, por creen que el voto es un acto de responsabilidad tal que no debería poderse votar teniendo demencia senil, o por ir sedado con según que medicación, o simplemente por ir a votar sin estar bien informado y sin seguir criterio, sólo por costumbre o porque así vota cualquier familiar o amigo cercano.
Más o menos ésta es la respuesta que dí en algunos de los casos que leí:
Creo que pensar así es un error. En el momento que uno decide quién vota y quién no, quién tiene derecho a una cosa u a otra, empieza la discriminación. Y la discriminación tiene una gran virtud, tarde o temprano se puede volver en tu contra o en la de los tuyos. Dar un paso así sería terrible, porque quizás primero no dejaríamos votar a los viejos, luego a los inmigrantes, luego a los homosexuales, luego a quién no tuviese un CI mínimo, y luego ¿a quién? Llegaría un punto en el que ni siquiera nos molestaríamos a debatir con nadie en el porqué de un cambio u otro porque simplemente nos consideraríamos “mejores”, “elegidos”, “superiores” para decidirlo nosotros por ellos... y quizás, llegados a este punto, consideraríamos que aquellos que no votan no sólo no tienen derecho a decidir nada, sino que han de obedecer los dictados de los que sí votan, y todo eso ya sabemos a donde puede llevar. ¿Seguro qué os gustaría un mundo así?
No olvidéis que de aquí un tiempo nosotros formaremos parte de esa población envejecida. ¿Estaríais de acuerdo entonces, en no tener derecho a votar? ¿Estaríais de acuerdo que para cuando llegaseis a esa edad, otros tomaran las decisiones por vosotros, teniendo vosotros la capacidad de hacerlo? Mucha gente mayor que actualmente vota es la misma gente que en su momento luchó por defender los derechos de los que gozamos hoy en día. Quizás algunos no lucharon, y otros se mantuvieron “neutrales” o no actuaron por prudencia o simple cobardía, pero muchos lucharon por ello y ¿ahora les quitaríais el privilegio del voto sólo porque las cosas no funcionan según vosotros lo deseáis? Aún teniendo conocimiento de política, cada uno elegirá su bando según sus creencias, su educación o su conveniencia, y para elegir bando no hace falta tener conocimientos políticos tanto como sentido común, que como sabemos es el menos común de los sentidos. Si nos ponemos a hablar de que sólo voten aquellos que tienen conocimientos políticos, quizás pronto negásemos el voto a aquellos que son analfabetos (y un analfabeto no es necesariamente un ignorante), o a cualquiera que sufriera un trastorno mental, por mínimo que este fuera, o quizás a aquellos que no están licenciados, o puede que al final se lo negásemos a cualquiera que no pensase como nosotros, porque eso significaría que no tienen criterio y están equivocados. Quizás acabasen votando únicamente aquellos que tuvieran oscuros intereses detrás que velasen por controlarlo todo.
Si se empieza a quitar derechos a la gente, pronto crearíamos precedentes peligrosos para, poco a poco, ir quitando derechos a los demás, hasta que un día nos convirtiésemos en los mismos monstruos que intentamos negar, o acabásemos como víctimas de nuestra propia receta, cuando cualquier otro decidiera que nosotros tampoco podríamos votar por cualquier razón similar, como que en nuestro historial figurase haber sufrido alguna depresión, o quizás haber votado en alguna ocasión algún otro partido contrario al nuestro, o quizás por haber compartido en algún momento amistad o lazos familiares con algún “anarquista”, “extremista” o “terrorista” (palabras utilizadas aquí de modo muy ambiguo), etc. Y cuando se nos quitase el derecho al voto, ¿qué otros derechos le seguirían y nos quitarían? No se trata tanto de quitar, como de dar; dar información, educación, oportunidades... Cosa que por cierto soy muy consciente que hoy en día no se da tanto como todos desearíamos, pero quitando derechos a unos u otros no se ayudaría en nada a mejorar.
Hace falta más empatía en el mundo, y respeto. Hace falta educación, auténtica educación, sin confundir la educación únicamente con aquello que nos enseñan en la escuela o los medios, sino con el auténtico conocimiento. Hay que ser capaz de entender la prójimo, entender que ninguna persona o cultura es igual a como nos la han retratado o nos han hecho creer que es, sin tener conocimiento real de esa persona o cultura de la que hablamos. Las etiquetas se ponen a veces para comprender, pero nunca deberían definir a nadie, porque todo es mucho más complejo que una simple palabra... Falta, como ya he dicho al principio, tolerancia. Tolerancia hacia los otros, y hacia los errores que comete uno mismo; ya va siendo hora de aprender.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
